CARTA A LA OTRA MADRE

 

Por Jenny Matos

LUNES, 25 DE MAYO, 2026.-- Muchos años atrás, te celaba con mi hijo. Sabía que él me amaba, pero también intuía que guardaba una parte de su corazón para ti. Y eso, aunque no lo decía en voz alta, me dolía.

Mi rabia era evidente. Recuerdo que mi esposo, con esa calma que a veces incomoda, me preguntaba: “¿Estás celosa?”

Y yo, negándome a aceptar lo que sentía, me refugiaba en el silencio. Pero por dentro ardía. Sí, estaba celosa. Celosa de compartir lo que siempre creí exclusivamente mío.

Pasaron los años. Y hoy, con el alma más serena y la vida hablándome en otro tono, entiendo que tú has sido “la otra” en la vida de mi hijo.

Y lejos de cualquier reproche, hoy quiero darte las gracias… por ser la otra.

Porque “la otra” suele ser una figura mal vista, incomprendida, señalada. Pero en mi historia, esa palabra ha sido redimida por el amor. En mi historia, ser “la otra” es un acto de generosidad, de entrega silenciosa, de presencia constante.

Hoy enfrento el cáncer de mama, y esta realidad me ha obligado a mirar la vida sin filtros, a reconocer lo verdaderamente importante. En medio de esta batalla, he comprendido que el amor que rodea a un hijo nunca es demasiado, nunca sobra, nunca estorba.

Yo lo llevé en mi vientre. Lo sentí crecer, lo parí, lo abracé en sus primeros días.

Pero tú… tú lo has llevado en tu corazón. Lo has acompañado desde otro lugar, con otra forma de amar, igual de válida, igual de necesaria.

Y si algún día me toca partir a la eternidad, me iré con la tranquilidad de saber que no estará solo. Porque tiene la bendición de tener otra madre.

Dicen que madre hay una sola… pero la vida, a veces, desmiente las frases hechas. En nuestro caso, somos dos corazones sosteniendo el mismo amor, dos mujeres que, desde lugares distintos, han cuidado la vida de un mismo hijo.

Tú tienes tus propios hijos, tu propia historia, tus propios desvelos. Y aun así, hiciste espacio para el mío. Eso no se exige, no se aprende, no se obliga. Eso nace. Y cuando nace, es porque es verdadero.

Yo también tengo una hija. Y en lo más profundo de mi alma, deseo que si algún día falto, ella también encuentre a alguien que la abrace como tú has abrazado al mío. Porque una madre no se reemplaza, eso es cierto. No es una pieza que se sustituye.

Pero el amor… el amor sí puede multiplicarse. Y qué alivio saber que puede hacerlo. Tener a alguien que consuele a nuestros hijos cuando no estamos, no es una tragedia, es una gracia. Tener a alguien que los cuide, los escuche, los acompañe… es un regalo que no todos reciben.

Gracias, porque cuando dejamos atrás las sombras, cuando se disiparon las dudas y los silencios incómodos, fueron nuestros hijos quienes nos enseñaron algo esencial: el amor siempre encuentra la manera de unir lo que alguna vez pareció separado.

Lo que un día pudo parecer competencia, hoy es complicidad.

Lo que fue distancia, hoy es respeto. Y lo que comenzó con recelo, hoy florece en gratitud.

Con una lágrima que asoma en mi ojo izquierdo, y el corazón lleno de verdad, te digo: gracias, Karina. Porque, sin proponérnoslo, nos convertimos en dos madres para un mismo hijo. Y tener dos mamás… no lo divide, no lo confunde. Lo hace, simplemente, profundamente bendecido. Otra vez, mil gracias.

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.