La Revolución de Abril: cuando un pueblo defendió la Constitución

 

Por Domingo Núñez Polanco

El 24 de abril no es una fecha cualquiera en el calendario dominicano. Es memoria viva.

MARTES, 05 MAYO, 2026.-- Hace exactamente 61 años, la República Dominicana se encontraba sumida en una de las horas más tensas y decisivas de su historia contemporánea.

El país vivía días de incertidumbre, de pólvora y de esperanza, como consecuencia de la revuelta cívico-militar iniciada la tarde del 24 de abril de 1965.

El gobierno de Bosch había sido derrocado siete meses después de la toma de posesión, ocurrida el 27 de febrero de 1963. Bosch fue el primer presidente electo democráticamente luego de los treinta años de dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. La Constitución de 1963, redactada bajo su mandato, contenía elementos profundamente progresistas: libertad de expresión y de conciencia, igualdad entre hijos legítimos y naturales, derecho a la vivienda, prohibición de monopolios y latifundios, y el retorno de los exiliados políticos. Aquellos avances, sin embargo, alarmaron a los sectores conservadores y a la embajada estadounidense, que rápidamente tildaron su gobierno de “comunista”.

El golpe consumado, Bosch partió al exilio en Puerto Rico, y el país regresó a un estado de represión y miedo. Pero la historia no había terminado. Dos años más tarde, civiles y militares alzaron la voz y las armas con una consigna clara: “Vuelta a la Constitución sin elecciones”. El propósito era restablecer el Estado de derecho quebrantado tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno democrático del profesor Juan Bosch. Querían devolverle al pueblo su Constitución, su democracia y su dignidad.

Todo comenzó con un movimiento de jóvenes oficiales de distintas ramas de las Fuerzas Armadas, liderado por el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, quien, junto a un grupo de compañeros comprometidos con el porvenir de la patria, se organizó para restaurar el gobierno constitucional de Juan Bosch.

No eran solo militares: eran ciudadanos en uniforme, enfrentados a una decisión que marcaría sus vidas.

“Ellos sabían que podían perderlo todo… pero también sabían que el país no podía perder su dignidad”, comentaba años más tarde un testigo de aquellos días.

Abril: la chispa que encendió la historia

Antes de que las calles hablaran, hubo hombres que pensaron la rebelión.

Entre ellos, destaca con fuerza la figura del coronel Tomás Fernández Domínguez, uno de los principales organizadores del movimiento militar constitucionalista. Fue él quien, con visión y determinación, articuló dentro de las Fuerzas Armadas el núcleo que daría origen al levantamiento del 24 de abril.

Fernández Domínguez no actuaba movido por ambición personal. Su compromiso era con la legalidad, con el retorno del orden democrático roto tras el derrocamiento de Bosch en 1963. Su papel fue decisivo en la gestación del movimiento. Y aunque no llegó a ver el desenlace de la gesta —pues cayó en combate días después—, su legado quedó sembrado como uno de los pilares morales y organizativos de Abril.

La ciudad tomada por la historia

Santo Domingo dejó de ser ciudad para convertirse en escenario.

“Uno no sabía si amanecía vivo”, contaba, años después, un viejo carpintero de San Carlos.

“Pero aun así, salíamos… porque había que defender lo que era justo.”

Las calles eran trincheras. Los balcones, miradores de angustia.

Las radios encendidas eran el hilo que mantenía unido al país.

“Mi mamá, nos decía una amiga, que nos tiráramos al piso cuando se escuchaban los tiros… y después rezaba bajito”, recordaba una mujer que entonces era apenas una niña.

Caamaño: el liderazgo en medio del fuego

En medio del caos emergió la figura del coronel Francisco Caamaño, quien asumiría el liderazgo visible del movimiento constitucionalista. Si Fernández Domínguez fue el organizador, Caamaño fue el conductor en el momento más crítico.

Bajo su mando, los constitucionalistas resistieron con una mezcla de coraje y precariedad.

“Caamaño hablaba y uno sentía que no todo estaba perdido”, diría un combatiente de la época. Era la voz que mantenía la moral alta.

La intervención: la patria herida

En apenas tres días, el pueblo en armas y los militares constitucionalistas habían derrotado a las fuerzas golpistas. Parecía que la victoria estaba cerca. Pero el 28 de abril, los Estados Unidos intervinieron militarmente con 42.517 marines. La justificación era evitar una supuesta “segunda Cuba”, pero el verdadero objetivo era impedir que el pueblo dominicano decidiera su destino en libertad.

Ante la invasión, el pueblo respondió con una mezcla de coraje, indignación y dolor. La ciudad colonial fue bombardeada. La resistencia dominicana, aunque desigual en poder militar, fue gigantesca en valor y convicción.

El profesor Juan Bosch, desde el exilio, expresó su indignación con palabras que aún resuenan:

“Vi a la soldadesca norteamericana llegar a Santo Domingo armada hasta los dientes para bombardear a la ciudad más vieja de América, para aniquilar el impulso creador de nuestro pueblo y para exterminar, como se hace con las fieras, a los luchadores democráticos dominicanos. Vi a la República desamparada, engañada por los organismos internacionales y traicionada por la OEA”.

Y más adelante, reflexionó:

“Durante años creí que políticamente la verdad se hallaba en la llamada democracia representativa. Pero cuando el pueblo dominicano se lanzó a morir por esa democracia que yo le había enseñado a buscar, esa tal democracia sacó de sus entrañas la putrefacción, el crimen, la mentira, el abuso”.

La Revolución de Abril no puede entenderse aislada de la historia dominicana. Bosch señaló: sus raíces van más allá del golpe de 1963. Se remontan a la ocupación norteamericana de 1916, y más atrás, a la ausencia de un desarrollo económico y social que nos permitiera construir un Estado soberano y justo.

Entender el 24 de abril es también entender nuestra lucha por la dignidad, por una democracia verdadera, por la patria soñada.

La Revolución de Abril no fue solo un episodio militar o político. Fue una llama encendida en el alma de un pueblo que se negó a vivir arrodillado. Su legado sigue latiendo en la conciencia nacional como un llamado a no claudicar jamás ante la injusticia ni ante la imposición extranjera.

Recordarla es un acto de justicia con quienes entregaron su vida por la patria. Pero también es una tarea de conciencia para las nuevas generaciones: solo defendiendo nuestros principios, nuestra Constitución y nuestra soberanía podremos construir un futuro digno.

La historia no se repite, pero sí se aprende. Y quien olvida el precio de su libertad, corre el riesgo de perderla.

Un pueblo que resistía

Pero si algo definió Abril fue la actitud del pueblo.

“Compartíamos lo poco que teníamos”, decía una enfermera que atendió heridos en improvisados centros de asistencia.

“No había tiempo para pensar en uno… era ayudar o dejar morir.”


Los barrios se organizaron.

La solidaridad brotó en medio del peligro.

El país, fragmentado en lo político, se unía en lo humano.


Abril fue tragedia, sí. Pero también fue despertar.


Hoy, 61 años después, la Revolución de Abril sigue hablándonos.

Nos recuerda que la democracia no es un regalo, sino una conquista.

Que la Constitución no es un papel, sino un compromiso.

Y que la soberanía tiene un precio cuando no se defiende.

Porque lo que ocurrió en 1965 no fue solo una guerra.

Fue una lección.


Abril no es pasado.

Abril es advertencia.

Es la voz de un pueblo que un día decidió no callar.

Es la memoria de hombres —militares y civiles— que entendieron que la historia no se observa: se asume.

Y mientras haya dominicanos capaces de recordar, la Constitución del 63 seguirá siendo más que un documento: seguirá siendo símbolo de dignidad.

FUENTE: EL NUEVO DIARIO

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