Bruce Palmer: misión pública y misión real
Tomado del muro de Facebook de Farid Kury
MIÉRCOLES, 29 ABRIL, 2026.-- Entre el 24 y el 30 de abril de 1965, se produjeron en República Dominicana hechos de mucha significación militar y política que preocuparon al gobierno de Estados Unidos del presidente Lyndon B. Johnson. El 24 había estallado intempestivamente el movimiento constitucionalista, el 27 se produjo la batalla del puente Duarte en la que las tropas de San Isidro fueron derrotadas, el 28 inició la intervención de tropas norteamericanas y el 30 los constitucionalistas, en una acción valiente y arriesgada, tomaron la Fortaleza Ozama. Estaba claro: los acontecimientos marchaban a favor de los constitucionalistas.
Pero los gringos, creyendo, erradamente, que el triunfo constitucionalista y el regreso de Juan Bosch al poder, pudiera convertir el país en otra Cuba, se apresuraron a intervenirnos militarmente. Para el primero de mayo, esto es, apenas tres días después del primer desembarco y sólo un día después de la toma de la Fortaleza Ozama, ya se encontraban en territorio dominicano 6,200 efectivos norteamericanos. La rapidez con que eran despachados indicaba que el gobierno norteamericano buscaba abortar de manera acelerada el movimiento constitucionalista. No era un juego lo que se avecinaba. Era la guerra.
A esta altura nadie suscribía la propaganda de salvar vidas norteamericanas, lo cual era el otro argumento para justificar la invasión. Para entonces, según el The New York Times, los muertos llegaban a dos mil, (tal vez muy exagerada esa cifra), pero ni uno sólo era norteamericano. Todos, todos, eran dominicanos. En tanto, heridos habían resultado sólo dos periodistas norteamericanos, y fue por error de los propios marines. Además, para entonces ya habían evacuado todos los civiles norteamericanos que quisieron hacerlo.
En la Casa Blanca se entendía que lo iniciado el 24 de abril por militares constitucionalistas era un movimiento comunista o dirigido por comunistas. La verdad es que se trataba de una conclusión absurda. No había que ser avezado en política para saber que el jefe político del movimiento, profesor Juan Bosch, cuyo retorno al poder sin elecciones era lo que se pedía, había demostrado en el ejercicio del poder ser un demócrata de los pies a la cabeza, y todos los militares, como Francis Caamaño, Fernández Domínguez, Hernando Ramírez, Lora Fernández, Montes Arache, y otros, habían sido instruidos en las academias militares norteamericanas, y ni por asomo eran comunistas ni cosa parecida.
Pero el presidente Johnson y sus asesores, tal vez influenciados por los reportes exagerados del embajador norteamericano en el país, William Bennett, creían a pies juntillas que el movimiento había caído en manos de los comunistas y que su triunfo podía significar otra Cuba en el Caribe. En esos reportes y en la decisión tomada por el presidente Johnson estaba presente el fantasma del comunismo, propio de la llamada Guerra Fría, que a muchos presidentes norteamericanos les hizo cometer crímenes, golpes de Estado y autorizar intervenciones militares en pequeños países, como la que se efectuaba en nuestro país desde el 28 de abril.
El teniente general Bruce Palmer, considerado uno de los mejores del ejército norteamericano, fue escogido para comandar las tropas norteamericanas, con la encomienda de acabar sin demora con el movimiento "rebelde" y de no permitir bajo ninguna circunstancia, que República Dominicana se convierta en otra Cuba.
Al momento de su designación, el Jefe de Estado Mayor Conjunto, general Eral Wheeler, sin ambages le dijo: "Su misión pública es la de salvar vidas norteamericanas. Su misión real es evitar que República Dominicana sea comunista. El Presidente ha declarado que no permitirá otra Cuba...Usted tomará todas las medidas necesarias...para cumplir con esta misión".
Definitivamente, la guerra con el imperio era inevitable. Y será una guerra sangrienta, donde la gallardía de los dominicanos asombraron al mundo.

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