ME COMÍ MIS PALABRAS
ME COMÍ MIS PALABRAS
Jenny Matos
SÁBADO, 14 MARZO 2026.-- Tomé el teléfono muchas veces y muchas veces colgué. Las palabras se me quedaban atrapadas en la garganta, como pájaros que no encuentran salida. No sabía cómo decirte esto.
Escribí una carta para contarte que tenía cáncer de seno. La escribí con manos temblorosas, como quien abre una puerta hacia el miedo. Pero luego hice algo extraño, algo que solo una hija que ama profundamente puede entender: me comí el papel.
Sí, madre… me comí mis palabras.
Lo hice por amor a ti.
Tú, Violeta, mi madre, siempre has estado presente en cada prueba grande que la vida me ha puesto delante. Has sido sombra en el calor, abrigo en el invierno, oración en mis noches largas. Pero esta vez eres tú quien está frágil. Tu salud ya no es la misma y tus preocupaciones se acumulan como nubes sobre tus años.
No puedo añadir más peso a tu cielo.
Por eso me comí mis palabras.
Tanto así, que a veces he dejado de llamarte. No porque no te piense, sino porque tú conoces mis ojos. Si no lees la carta, leerías mi mirada. Y mis ojos aún no han aprendido a mentirte.
Me comí mis palabras y pasaron como pan duro por mi garganta seca. Cada sílaba raspó el silencio, cada verdad quedó atrapada entre mi pecho y mi fe.
Perderé los senos, madre, pero no quiero perderte a ti por una mala noticia.
Callar esto no es mentirte; es proteger tu paz por un momento. Es esperar el día en que todo haya pasado y pueda contártelo no como tragedia, sino como testimonio: la historia de cómo el poder y la misericordia del Señor caminaron conmigo en este valle.
Madre mía, me comí mis palabras una por una para no preocuparte.
Me comí mis ganas de decirte que tu hija está librando una batalla rosa, con el pecho herido y el alma de pie.
Me comí el papel donde escribí mi diagnóstico, la tinta amarga, el temblor de mis manos.
Me las comí porque te amo.
Porque tu descanso vale más que mi miedo de madrugada.
Porque tu sonrisa sigue siendo mi refugio.
Y aunque callé, madre mía, aunque mastiqué silencios en la soledad de mis noches, sigo siendo tu hija valiente, floreciendo incluso en la herida, caminando en una decisión que se debate entre la muerte y la vida.
Me las comí todas.
Ese fue, quizás, el desayuno más amargo de mi vida.
Pero era medicina para ti: no saber ahora lo que me está pasando a mí.
Y al comerme estas palabras, madre, he comprendido algo hermoso:
Te estoy imitando.
Porque así aman las madres.
Guardándose dolores en el pecho para que los hijos puedan dormir en paz.
CARTA DE DESPEDIDA A MIS SENOS
Jenny Matos
El 11 de febrero de 2026 fui diagnosticada con cáncer de mama grado 1. Dos tumores (carcinomas) y una zona roja sospechosa encendieron la alarma. Días después, el 19 de febrero, un cirujano de reconstrucción me habló con claridad: debían extirpar ambos senos, y luego vendría el proceso de reconstrucción.
Mientras tanto, mi psicóloga me dio una tarea inesperada: escribir una carta de despedida a mis pechos.
Y estas fueron mis palabras.
No fueron los más grandes, ni los más firmes, ni los más admirados. Tampoco fueron siliconizados ni dignos de portada de revista. Pero fueron el alimento de mis hijos en los años de mi juventud, especialmente del mayor.
Quizás nunca llamaron demasiado la atención, porque su forma era discreta, sin exageraciones ni pretensiones de belleza provocativa. Pero eran míos.
Míos desde la adolescencia, cuando a los doce años comenzaron a anunciar que mi cuerpo estaba cambiando. Míos desde siempre, aunque tardaron en asomarse como pequeñas colinas en el paisaje de mi pecho.
No eran montañas exuberantes ni cumbres orgullosas. No eran de esos que se exhiben para provocar miradas. Pero eran míos, regalo silencioso de Dios para mi feminidad.
Mi pequeña geografía de mujer.
Hoy debo despedirme de mis dos colinas gemelas. El cáncer de mama no distingue tamaños ni historias. Llega como un torbellino y pone una sola pregunta sobre la mesa: tus pechos o tu vida.
Y yo elegí la vida.
Aun así, guardo en la memoria el primer momento en que amamantaron. Recuerdo también cuando pude donar leche a un bebé cuya madre estaba enferma. Porque aprendí algo hermoso: el tamaño no determina la capacidad de alimentar.
Algunas mujeres tienen pechos grandes, pero por estética deciden no ofrecer ese líquido sagrado a sus hijos. Yo, en cambio, tuve el privilegio de hacerlo.
Las voy a extrañar.
No sé aún si haré la reconstrucción. Y si algún día decido hacerlo, sé que nada sustituirá la gracia de haberlas tenido conmigo durante toda una vida.
Curiosamente, recuerdo una frase que mis hermanos solían repetir en broma cuando éramos jóvenes:
Cantares 8:8:
“Tenemos una hermana que no tiene pechos; ¿qué haremos con nuestra hermana cuando de ella se hablare?”
Hoy esa palabra vuelve a mí de otra manera.
Perderé los senos, sí. Pero también he descubierto algo que el cáncer no pudo quitarme: el amor y el apoyo de mis hermanos, más fuerte que nunca.
Así que hoy les digo adiós.
Adiós, pequeñas mías.
Gracias por haber sido parte de mi historia.
Siempre vivirán en mi memoria, en mi pecho y en mi gratitud.
Ahora son libres de mí.
Vuelen… como mariposas.

No hay comentarios.