“Un buen mentiroso sabe que la mentira efectiva es siempre una verdad a la que se le ha sustraído una pieza clave”.

 Carlos Ruiz Zafón

Por Damasco Jiménez / El nuevo Diario

VIERNES, 13 FEBRERO, 2026.- La historia de la humanidad ha contado siempre con personajes que, de una forma u otra, terminan arruinando la vida de un país o de una persona en específico. En mi pueblo se decía: pueblo chico, infierno grande. Allí circulaba una historia: un señor sorprendió a una joven en pleno acto de infidelidad, “pegando unos cuernitos” por no perder el hábito de lo prohibido. Para salvar el momento, el caballero sobornó al hablador.

Pero el hablador, tras recibir las monedas, no pudo dormir. Una angustia lo consumía hasta que, en la madrugada, se levantó con la convicción de quien cree tener algo que decir para salvar una nación. Golpeó la puerta del caballero con vehemencia y, devolviendo el dinero, exclamó: “¡Yo tengo que contárselo a alguien!”.

En la convulsa Revolución Francesa, un personaje de facciones sombrías, JosephFouché, conocido como el “genio tenebroso”, demostró lo peligroso que puede ser un rumor: gracias a su red de informantes, logró que la cabeza de Robespierre rodara. Su sistema de espionaje recuerda al eunuco Varys de Juego de Tronos, con su ejército de niños-palomas que susurraban secretos.

No siempre estas noticias traen alivio. En la Grecia clásica, el mensajero de Maratón se convirtió en símbolo de la urgencia de transmitir información. En la Biblia, el mensajero de Job (1:14-19) repite cuatro veces la frase: “Solamente escapé yo para darte la noticia”. Esa insistencia refleja el tono típico de los chivatos: “solo yo”, “solo para que lo sepas”, “yo no quería decirlo”, “eso dicen”.

En la media isla, el chivatazo alcanzó calidad internacional en 1957, bajo la dictadura de Trujillo. Johnny Abbes creó una red de delatores que convertía hasta una carcajada en motivo de sospecha. Si alguien reía demasiado, podía terminar en la temida cárcel de La Cuarenta, donde la tortura era el destino. Las pérdidas humanas fueron insufribles y marcaron la historia dominicana con dolor y miedo.

La enseñanza es clara: los chivatos no miden las consecuencias de sus comentarios mezquinos. Sus palabras pueden marcar vidas, generaciones y pueblos enteros.

Perfil psicológico y social

1. Identidad y comparación: Al hablar de otros, las personas se posicionan en relación con ellos. Puede ser una forma de sentirse superiores, compensar inseguridades o reafirmar valores propios.

2. Emoción y entretenimiento: Compartir anécdotas o rumores genera curiosidad y diversión. El chisme funciona como un lubricante social que mantiene viva la conversación.

3. Expresión interna: Hablar constantemente de los demás puede reflejar estados emocionales internos: inseguridad, necesidad de validación o búsqueda de conexión.

Los chismosos, en definitiva, son poetas de la mirada, o como decimos en mi pueblo, brechadores finos.

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