“Luvezkí, lava gallo” y el arte de la subsistencia.

 
 Por Leonardo Mercedes

Luvezkí, lava gallo, es un personaje del flolklor barahonero que se hizo popular durante la Era de Trujillo y su continuación, los 12 años del Balaguerato.

Lowezki González era un pobre trabajador del servicio de aseo y limpieza del Ayuntamiento del Municipio de Barahona, de origen campesino, oriundo de Fundación, municipio de la provincia, cuya área de labor asignada correspondía a la delimitada por las calles Duvergé, por el Este, Colón, por el Sur, Av. Luperón por el Oeste y Gastón F. Deligne, por el Norte, dentro de la cual quedan el Barrio de Mejoramiento Social (Bameso), la Gobernación Provincial, el Palacio de Justicia, el Partido Dominicano, hoy Obispado, el Grupo Escolar Rafael L. Trujillo Molina, hoy, y desde 1962, Leonor Feltz, y los recintos de la PN, del EN y de la FAD.

Era un hombre de rostro adusto, donde jamás visitó una sonrisa, pero un infeliz en el fondo, lo que se revelaba al contacto con los vecinos del derredor que lo apreciaban por su laboriosidad y humildad y lo gratificaban con cariños y obsequios alimenticios y materiales.

Su tez cobriza ("indio") arrugada a destiempo reflejaba los maltratos de la vida y sus ojos pequeños de felino cazador traslucián la "sabichocería" y desconfianza acumulada en su desigual lucha por la subsistencia. Su pequeña cabeza tenía escaso cabello crespo (no muy "malo") que encaneció con los años.

Doña Natura fue muy tacaña con él en materia corporal, pues era equeño de estatura y de contextura famélica, con la que los rigores de la vida y de los años habían tenido poca compasión, mas su tono de voz, resistencia y dinamismo dejaban entrever que alguna vez ese cuerpo fue albergue de una fortaleza juvenil y de un espiritu más que inquieto, cuyas travesuras dejaron impregnadas huellas físicas que jamás pudieron ser borradas.

Su brazo y mano izquierda llevaban la cicatriz de los efectos dejados en ellos por un objeto cortante que se llevó parte de su carne y nervadura, reduciendo su capacidad de manipuar. Pero su oreja del mismo hemisferio fue más dichosa, pues apenas perdió parte del tejido cartilaginoso que la constituye, aunque lo suficiente para que pudiera surgir el apodo de "El gacho", que no llegó a nombrarse, al ser superada la dimensión social del hecho por el impacto de otras prácticas de mayor significación popular. Pero decían los supuestos conocedores o informados sobre esa etapa de la vida del personaje, que "se salvó salando".

Informaban "las mismas lenguas" que el apodo que lo inmortalizó le provino del oficio de cuidador de gallos de pelea (travero) que ejercía en su pueblo natal durante su juventud, en la cual desarrollaba la práctica, propia del arte, de rociar los gallos con ron blanco o agua después del "traqueo" o el "tope", tras lo cual los exponía al sol por largo rato.

Pero cuentan, que a partir de un día el propietario de la traba comenzó a notar que el aguardiente comprado por él para el rociado de los gallos siempre era escaso y que Luvezkí, la más de las veces, terminaba empapándoles de agua el plumaje y el cuerpo. Pues, se puso al acecho, descubriendo al poco tiempo que el volumen mayor del contenido de las botellas iba a parar al buche, pero no de los bravíos machos emplumados, sino del truquero entrenador, que casi siempre terminaba dando traspies.

¡El lío que se armó no tuvo madre! Pero nueva vez resultó dichoso el hombre, gracias a que, a pesar de haberle sido tan cruel con la mayoría de sus dotaciones, doña Natura lo agració con unas ágiles extremidades locomotoras, que aunque cortas, cuando arrancaban paraceían impulsadas por un motor de propulsión a chorro.

A partir de entonces, pero en su ausencia, fue bautizado con el apodo que lo ha inmortalizado: Lava gallo.

Cuentan, que tratando de evadir las consecuencias de su mal proceder nuestro personaje se asiló en Barahona y con la ayuda de un compueblano suyo bien posesionado en la ciudad, a quien le había servido alguna vez en Fundación, y que no se tomó a pecho ninguna de las acusaciones con que quisieron estigmatizarlo, lo hizo nombrar como servidor público municipal, siendo incorporado al equipo de aseo y limpieza del ayuntamiento, en cuya actividad debía recorrer diariamente la zona urbana que se le asignó.

Consciente como el que más del origen del acertado sobrenombre, aquel que le hacía el favor de recordarle en voz de altoparlante aquel infausto episodio, origen de su no planificado exilio, tenía que estar listo para pelear o poner sus pies en polvorosa.

Como "el Diablo siempre anda suelto" y juchando pleitos, aunque por experiencia propia no va donde hay muchachos, la muchachada del Bameso y de la ciudad de la década de los 50, de la cual formaba parte quien escribe, se enteró, no se sabe cómo, de la violenta reacción de nuestro personaje cuando se le voceaba aquel, para él, ofensivo apodo. Y lo cogió como blanco de sus travesuras, fastidiándole la vida.

Me recuerda mi hermaprimo Micho Vólquez, Inmortal del Deporte barahonero y director de aquella cuadrilla traviesa, que las pedradas que soltaba Luvezkí detrás de sus necios provocadores eran más duras que las rectas de Marichal en el juego de 17 innings contra Warren Sphan y los Cerveceros de Milwaukee y que las Pedro Martinez en el juego en que le ponchó 17 bateadores a los Yanquis de New York. Pero, como adolescentes y jóvenes deportistas, nosotros éramos mucho más ágiles que el abusado señor y tan dichosos como él.

Algunos coterráneos de la misma época lo acusaban de "calié", y aún lo hacen, porque era amigo de guardias y policias y frecuentaba con cierta asiduidad el cuartel, la fortaleza y la base aérea. Sin embargo, nadie ha podido señalar hasta ahora una sola persona que fuera apresada o muerta porque él la denunció ni tampoco un solo caso en que se mencionara su nombre como "chivato".

Esa era una práctica muy socorrida durante el Balaguerato, principalmente entre izquierdistas y perredeistas, debido a que durante el Trujillato este espécimen del régimen, poco conocido, pero muy temido, hizo mucho daño, principalmente a opositores clandestinos y a personas inocentes, actuando al servicio de sus instrumentos represivos; pero tras el ajusticiamiento del tirano cayeron en desgracia, convirtiéndose en seres despresciables y perseguidos, fruto, en gran parte, de la excelente campaña publicitaria en su contra "Conozca a los calieses" desplegada por el Movimiento Revolucionario 14 de junio (MR-1J4) a través de su semanario "Catorcito" y de su diario programa radial nacional.

Tuvo mucho que ver con esta calificación, a la vez que acusación de esas personas contra él, el hecho de que Luvezki, después de iniciada la campaña anticomunista de la tiranía contra sus opositores y contra la triunfante revolución cubana que les apoyaba, encontró en ella una excelente arma para defenderse de sus agresores y aplacar el fastidio a que injustamente le tenían sometido: tildar de "comunista" a todo el que le voceara "¡Luvezkí, lava gallo!".

Y lo logró, porque, de buenas a primeras, todo el mundo le cogió miedo y la solidaridad se hizo más presente para con él, incluyendo a quienes lo hacían por temor y no por caridad. Pero fue que "se la puso demasiado fuerte" a la muchachada traviesa y a sus familiares, que entonces intervinieron, ya que nadie quería que ¡Ni de relajo! se le asociara a un sector como lo era la oposición, puesto en salmuera por la fiera agonizante que ya era el tirano y, con mucho más razón, después de las terroríficas consecuencias del "Complot develado".

Fue una brillante manifestación de la inteligencia y astucia de que era acreedor nuestro personaje, que nunca pasó por una aula durante su niñez y mucho menos en su adultez por un centro de alfabetización; su escuela fue la calle y su maestra la vida dura e implacable que le tocó padecer excluido y pisoteado socialmente.

Nadie podía sospechar que fuera poseedor de tal virtud que, sin embargo, continuó expresándose en el sucesivo y convulsionado acontecer nacional de aquellos años.

El tirano cayó como en justicia le correspondía. "Las campañas de antaño" volvieron a "repicar anunciando libertad", los ignorados como él resucitaron y junto a los perseguidos y reprimidos opositores se convirtieron en actores, guiados por nuevos directores de escena que cambiaron las formas de dirigir, actuar y tratar a la gente; la libertad trajo consigo a su gemela llamada "democracia". .

En su aparente ignorancia Luvezki captó lo que ocurría y entendió que ya no era lo mismo, que para seguir subsistiendo él también tenía que cambiar, y rápidamente, en vista de que su vida podría correr la misma suerte que la de muchos de los verdaderos calieses que él alardeaba de ser. Así que, pareció haberse guarecido por un tiempo, el suficiente como para preservarse.

Desaparecido el miedo, la muchachada esperaba por nuestro folklórico personaje.para volver a la acción contra su paz y sutil paciencia. Pero cuando apareció y actuaron la respuesta los dejó pasmados, boquiabiertos:

- ¡Luvezkí, lava gallo!- tronó el coro juvenil a viva voz, quedando los coristas a la expectativa de la respuesta ignorada de su victima. Pero ésta no se hizo esperar:

- ¡No se apuren buenos trujillistas, que los voy a denunciar!.

A todo el mundo no le quedó más que estallar en unísona y estruendosa carcajada, sorprendidos por la inusitada y sabia respuesta.

El episodio volvió a repetirse una y otra vez en forma interminable, sólo cambiando de escenario con el recorrido diario que Luvezkí realizaba por las calles de su zona y de la ciudad recogiendo basura y animales muertos, hasta que las condiciones, los actores y los directores volvieron a cambiar, cuando los gorilas con trajes militares, sirviendo a los tutmpotes y dirigidos por el Tio Sam derrocaron el gobierno democrático del profesor Bosch.

Entonces nuestro popular personaje entendió que él también tenía que volver a su posición anterior. Su filosofía era muy clara y simple: Había que estar con el poder, con "los de arriba" para subsistir". Porque eso fue lo que su puta vida le enseñó, y es la filosofía que prima en la mente y en la conducta social y politica del campesinado pobre de nuestro país, inculcada por caciques civiles y militares, sacerdotes, iglesias, sectas religiosas y todo tipo de agente de la alienación en que han vivido sometidos y oprimidos.

Por eso, cuando en la nueva situación creada por el Triunvirato y continuada por el Balaguerato, la renovada muhachada volvió a la carga, él ya les tenía preparada su respuesta:

- ¡Luvezkí, lava gallo!-

- ¡No se apuren buenos comunistas, que los voy a denunciar!

FIN.
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