LOS PRINCIPALES CONTRATOS. El precio (6 de 14)

 
Según los términos del Código Civil, la formación del contrato de compraventa necesita el acuerdo de las partes sobre la cosa y sobre el precio. Así, el objeto de la obligación del vendedor recae sobre la cosa vendida y el del

comprador es el precio.

El precio consiste en una suma de dinero que el comprador se obliga a entregar al vendedor. Si la obligación del comprador fuera otra cosa o si implicara la transmisión de un derecho que recayera sobre otra cosa, el contrato no sería una compraventa sino una permuta o una dación en pago.

La compraventa que no incluya precio está viciada de nulidad absoluta, ya que la obligación del comprador carece de objeto y, correlativamente, la del vendedor se encuentra sin causa. Es necesaria la existencia de un precio que esté determinado o cuando sea por lo menos determinable, porque el precio que no puede ser fijado no existe. Por otra parte, la existencia del precio supone que sea real porque, si solo es apariencia, tampoco existe.

Acerca de la determinación del precio, los hermanos Mazeaud explican que la misma solo se impone en cuanto a su importe, no siendo necesario determinar el modo de pago ni concretar el vencimiento del precio que, salvo pacto en contrario, es pagadero el día de la entrega.

En principio el precio se fija por las partes, señalando en el mismo contrato de compraventa la suma que el comprador debe abonar al vendedor, coordinado mediante libre discusión de las partes cuyo consentimiento se concreta en una cifra. Sin embargo, en ocasiones se produce una diversidad e precios de acuerdo a diferentes circunstancias, a saber:

· El fijado por el hecho exclusivo del comprador, como en la venta en pública subasta cuando éste fija la mejor postura.

· El fijado por el vendedor como en los grandes almacenes.

· El de la venta a precio fijo.

· El de la venta con rebaja, en la cual el vendedor consiente una reducción del precio que había pedido.

· El de la venta con precio impuesto, el cual se efectúa entre el intermediario y el consumidor.

· El fijado por el legislador, casi siempre un precio máximo.

Aunque la cifra no esté fijada por las partes en el contrato ni impuesta por el legislador el precio existe, siendo suficiente para ello que el contrato contenga algunos elementos que, sin influencia posible de la voluntad posterior de las partes, permitan determinar el precio en el momento de su vencimiento, siendo así el precio determinable y la compraventa perfectamente válida. Un elemento de referencia puede ser puede ser, por ejemplo, la cláusula que inserta la mayoría de los fabricantes de automóviles en cuyos términos “el precio aplicado será el de la tarifa en vigor al día de la entrega, cualquiera que sea el sentido de la fluctuación”.

Los elementos de referencia que permiten determinar el precio son:

· Los relacionados con la cosa vendida, con su calidad o con su cantidad, que pueden no ser determinadas, pero sí determinante, esto porque en algunas mercaderías la calidad no puede ser garantizada por el vendedor en el momento del contrato, por lo que no será conocida hasta la entrega.

· Los variables, como las cotizaciones para la mercadería vendida: si es la del día del contrato, la venta se llama a precio firme. Si no es el del día del contrato, se llama a precio variable y no afecta la validez de la compraventa, es suficiente con que los elementos de la referencia permitan establecer la cifra del precio en el día de su vencimiento.

· El dejado al arbitrio de un tercero, quien no está obligado por las reglas del procedimiento de arbitraje, ya que en el sentido jurídico el arbitraje supone un conflicto. Ese tercero no es un árbitro ni un perito, es un mandatario que ha recibido de ambos contratantes la misión de fijar el precio de la compraventa, quienes solo pueden revocar

el mandato de común acuerdo y la compraventa se concluye válidamente por el solo hecho de que las partes convengan en designarlo sin ninguna otra indicación.

Cuando el contrato contenga un precio determinado o determinable, la compraventa se perfecciona en el momento del cambio de los consentimientos del vendedor y del comprador, incluso cuando el precio es solo determinable.

La existencia del precio implica su realidad, por lo que no es real cuando es simulado o cuando es ínfimo o irrisorio.

En el contrato que concluyen las partes fijan un precio, pero en una contraescritura convienen en que no se debe el precio, el cual es solo una apariencia, es simulado, en realidad no hay precio alguno. En tal caso, la simulada compraventa constituye una donación disfrazada tras la apariencia de una venta.

En principio, la simulación mantenida en secreto no entraña la nulidad del contrato, por lo que constituye una donación válida que produce entre las partes todos los efectos, según las reglas de fondo de las donaciones, singularmente las de reducción cuando la donación exceda la parte de libre disposición y las de colación en la sucesión cuando no se haya estipulado una dispensa de colación.

Como ocurre siempre, en el supuesto de simulación los terceros tienen el derecho de atenerse, según su interés, al acto aparente de compraventa o al acto real de donación. Sin embargo, existen algunas excepciones al principio de la validez de las donaciones disfrazadas. Así, las donaciones disfrazadas entre esposos, especialmente bajo la apariencia de una compraventa son nulas, al menos ante los herederos legitimarios. Cuando la simulación recaiga sobre una fracción del precio, se está ante una compraventa real y ante una donación.

Las partes pueden efectuar la simulación inversa incluyendo en la escritura un precio inferior al convenido disimulando una parte del precio real, con la finalidad de defraudar al fisco por estar calculados los derechos (impuestos) de transmisión sobre el importe del precio.

Para defender el tesoro, el legislador anula la contraescritura que disimule una parte del `precio real de un inmueble, de un fondo de comercio, de una clientela, de un oficio enajenable o de la cesión de un arrendamiento.

La escritura de la compraventa aparente es la única válida y surte efectos incluso entre las partes que no han consentido en ella. Por ser nula, la obligación de pagar la fracción disimulada del precio contenida en la contraescritura, el comprador tiene derecho a negarle al vendedor el pago de esa fracción.

La disimulación lleva consigo multas fiscales y el Estado, en las compraventas simuladas, dispone de un derecho de adquisición preferente que ejerce por el precio declarado recargado en un diez por ciento, el cual el vendedor intentará descartar alegando las reglas de la lesión.

Las partes pueden convenir en un precio que por lo ínfimo sea irrisorio y no tiene existencia real, por lo que el contrato no es una compraventa por falta de precio. Cuando el precio es solamente lesivo no extraña, en principio, la nulidad de una compraventa y el vendedor que acepte un precio inferior al valor de la cosa vendida soportara la lesión.

Cuando el vendedor haya obrado con la intención liberal, tras la compraventa nula subsiste la donación. La ausencia del precio afecta a la compraventa y no a la donación. Cuando la ausencia del precio afecta a la compraventa y a la donación a la vez, la jurisprudencia se pronuncia por la nulidad de ambas, dando como fundamento que no se han observado las formas de la compraventa.

La compraventa consentida a precio irrisorio es nula de nulidad absoluta en tanto compraventa, porque la obligación del comprador, a falta de precio, carece de objeto y la del vendedor de causa, no siendo la compraventa susceptible de confirmación ni de ratificación.

ÁGUEDA RAMĺREZ DE RODRĺGUEZ

9 de marzo 2020.
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