Anécdota de Trujillo en San Cristóbal

JOSE C. NOVAS

    La temática que aborda la ciudad de San Cristóbal casi siempre viene ligada a la vida y obra del dictador Rafael L. Trujillo, personaje del que se han escrito más libros que sobre cualquier otra figura de nuestro pasado.Esa obsesión se debe al carácter de nuestra sociedad y la reputación del gobernante que dejó una impronta muy compleja. Sería injusto exponer a San Cristóbal sin mencionar a Trujillo y a éste sólo como auspiciador de la opresión.

Trujillo era capaz de disponer medidas crueles y a veces actuaba como un ser bondadoso. La historia actual demanda de una exposición bajo una óptica imparcial que aclare su discutida personalidad.

Trujillo en su condición humana no podía ser absolutamente bueno o totalmente malo. Sin ser siquiatra, mi conclusión es que quizás padecía una condición bipolar sin diagnosticar, ya que por momentos actuaba con severidad extrema y a veces como un verdadero monje.

UN CABALLITO

Una anécdota de la vida real podría darnos una idea sobre esa dualidad del hombre que dirigió la nación por más de tres décadas y levantó obras aún tangibles al tiempo que reprimió a tal punto que el crimen de Estado parecía iniciativa del gobierno.

No olvido que, a la edad de ocho años, mientras asistía a una escuela primaria en la avenida Constitución de la ciudad de San Cristóbal, la cual tenía un patio interior con un frondoso árbol de almendras, en cuya sombra jugábamos durante el recreo,  a poca distancia Del hospital Juan Pablo Pina y un sector que llamaban “de los húngaros” porque allí vivían muchos  extranjeros que laboraban en la Armería.

Lo que contaré ocurrió el año 1957 en una mañana que caía una lluvia ligera. Recuerdo el dato, porque la maestra nos exigía que pusiéramos la fecha en la libreta de apuntes antes de iniciar cada jornada de clases.

Tampoco olvido que el aula en la que se impartía la docencia estaba ubicada en la planta baja del edificio y tenía un ventanal que daba hacia la avenida Constitución por el que se podía ver los peatones que cruzaban por la acera.

Aquel día estábamos a punto de iniciar la docencia cuando de pronto se detuvo frente a la escuela una caravana de automóviles, entre los que resaltaba un Cadillac negro del que se bajó con aire marcial el Generalísimo, seguido por algunos guardaespaldas y un niño más o menos de mi edad.

De inmediato subieron los escalones, entraron al plantel y se dirigieron a la oficina del director. Aquella mañana no se supo el motivo por el cual entró el generalísimo Trujillo a la escuela ni la conversación que sostuvo con su director.

Pero más tarde se conoció en detalle la razón de la visita. El rumor dispersó por la población y se decía que el Jefe hizo una gran obra de caridad a favor de un niño campesino. Lo que pasó fue que aquella mañana, él, Trujillo, salía de Casa Caoba  y mientras se dirigía a la capital, dentro de la finca (hacienda Fundación) observó que un pequeño caminaba bajo la lluvia por la carretera y le ordenó al chofer detener la marcha y recogió al jovencito, que se dirigía hacia la escuela a la que también yo asistía.

A seguidas el Jefe entabló un diálogo con el pequeño y se dijo que le preguntó: ¿para dónde vas? Para la escuela, fue la respuesta del chico. ¿Y dónde tu vives?En la hacienda, respondió el niño. ¿Y quién es tu padre? La contesta fue, “mi papá trabaja cuidando las vacas del jefe”.

Después de una breve pausa, se aseguraba que Trujillo le dijo al jovencito ¡te voy a regalar una bicicleta para que vayas a la escuela!, y que el pequeño en su inocencia le contestó: Yo no sé montar bicicletas, y agregó: Yo sé montar a caballo, ¿ por qué mejor no me regala uno? .

Si eso es lo que quieres, te voy lo voy a regalar, le respondió el Generalísimo. Más tarde se supo que la visita a la escuela fue para ordenarle a su director que permitiera al pequeño amarrar el caballo en el patio del plantel.

Créanme, amigos lectores, que con mis ojos vi como el pequeño llegaba todos los días en un caballo y lo amarraba bajo la mata de almendras que estaba en el patio interior.

En lo adelante los estudiantes que antes jugábamos a la sombra de aquel frondoso árbol tuvimos que hacerlo bajo el ardiente sol, porque el caballo ocupaba el tronco de la mata donde nos protegíamos de los rayos solares.

Así era Trujillo, un ser que por un instante podía obrar como un ser tierno y compasivo, o que en un arrebato tomaba medidas drásticas.

Por JOSE C. NOVAS /josecnovas@yahoo.com.
EL AUTOR es historiador y comunicador. Reside en Nueva York.
Fecha: 11 enero, 2018
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