Fantasmas del Presidente Danilo Medina


El Presidente Danilo Medina, durante su primer ejercicio de gobierno (2012-2016) navegó sosegado, conduciendo el barco del poder sin bruma al frente.  Nunca tuvo un encaro significativo con sus oponentes. Sus contrarios le ofrecieron una indulgencia pocas veces vista en la historia política dominicana, ya que durante todo el cuatrienio, la oposición se concentró en atacar al anterior inquilino del poder, Leonel Fernández.  En un mal cálculo, los antagonistas del PLD pensaron que  quien iría en la boleta morada en 2016, era el nacido en Villa Juana. 

Toda la estrategia comunicacional opositora se centró en descalabrar al doctor Leonel Fernández. Desde el Palacio Nacional se proveía el potingue para inficionarlo: el maletín de los recibos del cuento gallego, el déficit fiscal, el acoso judicial a cercanos colaboradores, la imposición forzada de mayoría en los Comités Central y Político con gentes del grupo hegemónico y el más impactante de todos: El Quirinazo.  Torpemente, los cuadros políticos de la oposición no atinaron a descubrir la agenda oculta continuista del mandante sanjuanero.

Desde el Palacio Nacional se importó a un célebre estratega brasileño que cambió la imagen del ungido.  Se elaboró vender una figuración mesiánica del presidente sureño, matizando su bonhomía, cercanía con la gente, sencillez, humildad, frugalidad en el gasto público, apoyo al campo con visitas sorpresas y cuestiones tan cosméticas, extraídas  del sentimiento envidioso pequeño burgués, como quebrar elementos simbólicos del ceremonial del poder de esta república, presentando al Presidente, cada semana, en mangas de camisa, con pantalones de mezclilla (jeans) y gorra, colocando en primera plana de los periódicos de cada lunes al Consagrado con ese atuendo y/o saltando charquitos en el campo o la eliminación del uso  en actos públicos de la Silla Presidencial, sentando al gobernante “cercano con la gente” en taburetes, sillas de guano o plásticas .  El interés era mostrar a un presidente magnánimo, que se aproxima, escucha, atiende y resuelve los problemas pequeños del país.

Otro eje fue presentar al Jefe de Estado desconectado de los sectores oligárquicos, que no adjudicaba obras civiles a las grandes compañías constructoras de infraestructura, sino que daba la oportunidad a los ingenieros y arquitectos “de a pie” de ganarse un proyecto de cimentación de una obra pública, a través de concursos de oposición,.

Toda esta lógica de eficiencia, frugalidad y transparencia en la gestión pública se machacaba mediante una saturación publicitaria, a través de millonarias campañas pagadas en radio, televisión, periódicos, vallas y redes sociales digitales.

El Presidente Danilo Medina nos embrujó a todos.  Se proyectó como un dechado de virtudes, que representaba el bien y hundió a Leonel Fernández, presentándolo como como la encarnación del mal.   Los jóvenes de hoy dirían que el Coronado “los mareó”, porque en sesenta y dos días, Medina armó una reforma constitucional para validar su continuidad en el mando público.

Otra “hazaña política” fue que el Palacio Nacional armó la división del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), atrayendo para sí la franquicia, en un acuerdo político que muchos jamás imaginamos se podría realizar, conociendo el pretérito encono existente entre los liderazgos blanco y morado.

Hoy el grupo hegemónico del PLD se encuentra atrapado en las redes de una oposición que se ha enfocado en atacar el principal eje de su ejercicio gubernamental: la transparencia y satanizar el que se pinta como el principal legado de la era danilista: la Planta de Punta Catalina. 

Grupos de la sociedad civil madrugaron vertebrando un firme reclamo de que se castigue la corrupción y se ponga punto final a la impunidad, en cuya cresta se subió el bloque de partidos de la oposición, que  sin éxito, había estado realizando cuestionamientos a la tersura y legitimidad de las elecciones del 2016.

Los protestantes definieron una estrategia de movilización social que ha ido in crescendo.  Le dieron una identidad (color verde), una denominación fácil de asimilar (marcha verde), un eslogan sin rebuscamiento (fin de la corrupción y la impunidad), un carácter del movimiento (pacífico, sin tirar piedras, ni quemar gomas, ni pintar paredes), una dirección colegiada (sin ningún caudillo, mandamás o jefecito)  y una estrategia comunicacional efectiva y eficiente, adueñándose de las redes sociales, la televisión, la radio y la prensa plana. 

Hacen seis meses, que la agenda noticiosa del país la imponen los verdes.  La oposición, con el caso Odebrecht, ha tirado en la lona al Palacio Nacional.  Por ello la popularidad del primer mandatario va en estiaje. 

La verdad histórica es que el Presidente Danilo Medina fue quien comenzó a instrumentalizar la lucha contra la corrupción y la impunidad como arma política para hundir a adversarios internos.   Le siguió los pasos a Dilma Russef  en Brasil, quien usando la daga del darwinismo político, estimuló los primeros ataques contra su mentor Luiz Inácio Lula Da Silva.  El movimiento social contra la corrupción en Petrobas –la poderosa petrolera carioca- terminó con desalojarla del poder a ella misma.

En la manifestación del movimiento verde del 16 de julio, al leer el manifiesto el cañón apuntó al Presidente Danilo Medina: “Para alcanzar el fin de la impunidad es imprescindible el sometimiento de Danilo Medina” a quien acusan de convertir las acciones del ministerio público “en un mareo mediático y un obstáculo para la aplicación de justicia”.

Más claro, ni el agua: los verdes van por la cabeza de Danilo Medina.  

Rubén Moreta,

27 Septiembre, 2017.-

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