España y Barcelona, lo irracional de un fanatismo fundamentalista


En España naciones musulmanas tienen universidades instaladas en su territorio, que son auténticas expresiones académicas y científicas de esos pueblos

Cada domingo me siento frente al televisor, entre seis  de la mañana y nueve, para ver la televisión pública española. Lo hago, porque esa programación para el horario dominicano, es la de  más alta expresión en pluralismo, diversidad  cultural, religiosa e ideológica. El tiempo viendo la tv española transcurre en un solo vuelo temático: de católicos a protestantes, de judíos a árabes; es una  producción televisiva hecha con la mayor manifestación de convivencia de la diversidad, marcado su contenido, sobre todo, por una propuesta comunicacional de tolerancia y respeto hacia creencias, valores y derechos de todos y todas. Es una programación orientada a los peregrinos venidos a España de otros países, cultura y creencias.

En España naciones musulmanas tienen universidades instaladas en su territorio, que  son  auténticas  expresiones  académicas y científicas de esos pueblos. Este fenómeno cultural es un hecho presente  sobre todo en la llamada región del país vasco. La Universidad  Autónoma de Barcelona es una de las dos universidades y la mejor posicionada de España en el raiking de Shanghái de las mejores universidades del Mundo de 2017.  España y la Barcelona del país vasco,  ciudad cuyo puerto  naviero  significó la puerta de la revolución industrial  por donde arribó el pensamiento más avanzado y progresista  del mundo moderno europeo con su liberalismo, el marxismo, la anarquía de izquierda y el pragmatismo capitalista norteamericano; por ese puerto: conservadores, progresistas, comunistas, reformistas y liberales, hicieron saber sus polémicas y sus debates intelectuales en los albores del sigloXIX.

Eduard Toda  y Antoni Gaudí amigos amarrados por el pensamiento y el origen, dos catalanes coetáneos de los años 1850,  unidos por una visión en torno al Monasterio de Santa María de Poblet, un complejo arquitectónico construido en la edad media en el año 1153  en concreto, lugar, éste, donde desde Pedro III el Ceremonioso, en el siglo XIV, todos los reyes de Aragón y Cataluña fueron enterrados.  El dominio de esta Abadía, en términos económicos   se extendió durante los tres siglos siguientes a diez pueblos vecinos y sesentas aldeas,  hasta  que fueron expulsados de la Abadía de Poblet en 1835 sus fundadores los monjes  cistercienses o trapense, como también se les conoce, con la llamada quema de conventos.

Fenómeno que como desgracia de la historia,  se repite un siglo después, en 1931 los días 10 y 13 de mayo, con la proclamación  de la Segunda República de España y la inauguración del llamado Círculo Monárquico, que generó la quema de más de cien edificios católicos. Destrucción de objetos del patrimonio artístico y litúrgico, y profanación de cementerios; en una nueva oleada  anticlerical, esta vez generada en Madrid, en la calle Alcalá. “Eduard Toda  en un poema narra a Poblet, la Abadía,  como el archí símbolo   de la identidad Catalana, cito:

Si es para despreciar

las hazañas y glorias de un pueblo

si es para romper las lápidas de las tumbas

y violar los sepulcros de los héroes

y sembrar terror y muerte por doquier

y turbar la paz del asceta

y arrastrar a la desvergonzada prostituta

ante el altar de la santa virgen

y reducir los monumentos a cascotes…

¡Si esto es libertad, maldita sea!

(Robert Hughes, Barcelona, pág. 598)

No han podido vivir en paz por siglos entre ellos, desde Abraham, el llamado padre de la fe al sol de hoy. Ningún Dios o dioses, ninguna religión, ninguna salvación, ninguna razón mesiánica, ninguna ataraxia o leyes cósmicas del karma, ninguna redención o anunciación, ninguna causa y ninguna libertad, se pueden cimentar  en la destrucción y aniquilamiento del  ser humano.  El salvajismo, la crueldad  y la deshumanización del  mundo no pueden levantarse como un ideal de libertad.  No se puede tolerar, que quienes han hecho de la muerte una religión o una cultura de poder, la expandan  por el mundo como una obra de bondad en nombre de un dios de  destrucción  y  tinieblas. Construyamos en nombre del verdadero Dios,  un muro de amor y solidaridad por Barcelona, el mundo y España, y como diría don Miguel de Unamuno ¡que viva, la vida!

 POR JUAN TOMÁS OLIVERO.
20 AGOSTO, 2017.

Fuente de consulta: Robert Hughes, Barcelona, editorial de Anagrama, 1992

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