La Segunda Muerte De Elpidio Lapancha


El sol cuatribolia'o de las dos de la tarde habían convertido el pavimento en una especie de cantera del diablo, tan así que cuando el espanto y los gritos de los ya congregados pendencieros me hicieron salir a la calle descalzo, en cuestiones de segundos ya daba brinquitos como  un Pentecostal bajo los efectos del espíritu santo.


Solo después de mucho nadar entre la multitud pude ver que había pasado, ahí estaba el, su cuerpo sin vida en esa calle que fue testigo de su vida, en ella nació, creció, hizo familia con una sobrina de su vecino de la derecha con la cual tuvo tres hijos, uno de ellos con una semejanza extraordinaria a su vecino de la izquierda.


Quien le diría a Elpidio que la muerte le llegaría tan pendejamente, un maestro cabaretero, dueño de una habilidad prodigiosa con el puñal, azote de las mujeres ajenas, cabraleño de nacimiento, bebedor por convicción y Zapatero de profesión. 

Su desgracia empezó a las 11:17 de la mañana de ese día, pues esa hora el repartidor de mercancías, Atila había parqueado su camión Daewoo con sus ojos de vidrio mirando cuesta abajo, antes de desmontarse como todo un chofer con su pie izquierdo piso el cloche y con el manubrio de pasar los cambios  puso el camión en primera con una acción rápida y precisa, cual vaquero desenfundando su revolver Colt 45 ante un oponente.

Quizás esa misma rapidez lo hicieron obviar dos reglas fundamentales del parqueo de estos monstruos de metal, no puso el parqueo manual y las gomas delanteras siempre deberán apuntar hacia la acera o muro de retención, pues en caso de fallar los dos primeros, el vehiculo solo se desplazaría hasta chocar con la acera en vez de seguir cuesta abajo como efectivamente paso.

No habían pasado cinco minutos de Atila estar dentro del colmado de turno cuando una fuerte ráfaga de viento tambaleo su camión, tal fue la preción que el cambio aplicado a la transmisión cedió y así empezó su descenso infernal.

Las primeras victimas fueron dos niñas que distraídas, que con aros en sus cinturas competían por la supremacía del tiempo, ellas solo vieron los ojos del monstruo cuando ya besaba sus frentes, las tiro al suelo, pero quizás por su flaqueza infantil solo les paso por enzima, rasguñando su piel y destrozando el pie derecho de una futura campeona de competencias de aro.

El no seria tan misericordioso con Elpidio, pues había ganado mas velocidad y sed de sangre, el cabraleño nunca lo vio venir pues tenia media hora leyendo dos papeles que estaban en sus manos, una vieja chismosa y testigo ocular de los hechos, no entendía por que el no se quito de en medio, pues el escándalo formado por las dos casi-muertas, había puesto a todos los trausentes en alerta, cuenta la experta en espionaje por rendijas, que incluso antes de que el camión lo exprimiera contra el poste de luz, lo miro de frente  y con una sonrisa lo espero, no hizo el mínimo intento por salvar su vida, en los agonizantes segundos antes de su muerte apretó los dos papeles en su puño los miro con el ojo que le quedaba, por primera vez lloro y por segunda vez murió.

En la tarde la noticia corría como pólvora, unos de los dos papeles era de su mujer la cual se había marchado con el padre de uno de sus tres hijos ese dia habían escapado al amanecer, con rumbo desconocido, la otra era una notificación del hospital, su pasado cuerero le había pasado factura, tenia SIDA, quizás por eso sonreía, porque una carta vengaba a la otra,  Por eso so no le importó morir por segunda vez.

Carlos J. Díaz Gómez
El auto res comunicador y reside en Baltimore, Maryland,
09 Junio, 2017.-
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