Alma de piedra (Roberto Durán)


ABRIL,  21, 2017. Cuando los hombres se enfrentan mano a mano, miran a su destino a los ojos. El abandono del mejor peso ligero de todos los tiempos tuvo que ver con una revelación así: la del sinsentido de seguir sobre la lona, sin que nada más sucediera.

EN EFECTO, así sucede. Un hombre sale a enfrentarse con otro, limpiamente, mano a mano. En la vastedad abstracta de la infinita llanura o entre las sogas tirantes que circunscriben y acotan, en la suspensión tangible de un tiempo eterno o en la urgencia cronometrada de un compás de tres minutos. A solas, ante los ojos de nadie, o vistos con avidez poco menos que por el mundo entero. Sucede así: un hombre se enfrenta con otro. Y en esa prueba cabal de coraje o cobardía descubre de pronto quién es, sabe para siempre cuál es o cuál será su destino.

Durán tuvo una revelación así. No que el otro fuera él, tampoco que él fuese el otro. Pero tuvo esa revelación: no un sentido, un sinsentido. Hizo un gesto claro y rotundo, pero nadie lo entendió. La mano de piedra subió y bajó, descartando, desistiendo, renunciando. ¿Qué importa una mano de piedra respecto de un alma de piedra? ¿Y qué importa un cuerpo ileso respecto de un orgullo herido?

Porque no había cortes ni sangre, y entonces nadie entendió. No había párpados deformes, cegueras, entumecimientos. Y por eso, aunque el gesto fue claro, aunque una mueca de escepticismo lo subrayó y hasta lo explicó, cundió el desconcierto: nadie entendió. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Qué era lo que había pasado?

¿Qué importa una mano de piedra respecto de un alma de piedra? ¿Y qué importa un cuerpo ileso respecto de un orgullo herido?

Nada. No había pasado nada. No es difícil de comprender, es difícil de soportar. Porque se espera que cualquier impulso responda a alguna clase de ganas, pero el impulso feroz de un desgano provoca perplejidad. Se espera que el que abandona lo haga por algo, se exige que abandone algo. Pero la revelación de Durán fue muy otra: la de una nada.

Cualquier cobarde, en su lugar, habría permanecido ahí arriba, peleando contra el sinsentido mucho más que contra Leonard. Cualquier cobarde habría persistido hasta llegar a alguno de los desenlaces admitidos: hacer cuentas en tarjetas o desplomarse atontado en la lona. Coraje, en cambio, fue esto otro: mostrar que el verdadero abandono, mostrar que el abandono cabal, no es nunca por esto o aquello, no es nunca de esto o de aquello, sino efecto de una nada: efecto de vivenciar una nada.

¿Y acaso no es esa la forma en que el desamor se produce y produce, a su vez, sus abandonos? No es difícil de comprender, es difícil de soportar. Requiere una gran valentía.

Por Martín Kohan / Elpais.com/.

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