OPINION – Yo estaba allí: La toma del Palacio de la Policía en 1965




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DIME, NECO, EN 1965: ¿FUERON LOS AMERICANOS O EL REVOLVER CACHA BLANCA LO QUE IMPIDIÓ LA TOMA DEL PALACIO DE LA POLICÍA?

Los americanos son los buenos. Están con el pueblo. Eso se había dicho y repetido muchas veces en la cabeza del puente. Después de que, el día anterior, Peña Gómez hiciera aquel histórico llamado: “Pueblo dominicano: a las calles… ¡Ha caído el Triunvirato!



Y la gente respondió a ese llamado. Muchos fueron a Radio Televisión Dominicana. O frente al Altar de la Patria, gritando esta consigna:

– ¡Que regrese/Juan Bosch! ¡Que regrese/Juan Bosch!

Corría el 1965, el año en que comenzaron a llegar a Vietnam las primeras tropas norteamericanas y se iniciaba el bombardeo de Napalm sobre pueblos y aldeas:


Aeropuerto General Andrews, en Santo Domingo.
Y ahora Neco y los suyos habían llegado a la San Martín con Seibo.  Se habían desmontado de las dos guagüitas que el pueblo había incautado en Malariología y se aprestaban a asaltar el Palacio de la Policía. No estaban solos. Otros grupos habían llegado a la San Martín, buscando el mismo objetivo.

Pero, al frente, en el monte donde estaba el aeropuerto General Andrews, se presentía una férrea resistencia.

Los que acompañaban a Neco, unos veinte en total, estaban decididos. Y, entre ellos, el que lucía más valiente era el amigo Rigoberto, uno de los pocos que estaba armado, pues la mayoría iba con las manos vacías. Él, el intrépido Rigoberto, portada un hermoso revolver cacha blanca,  con su canana, de los que usaban Red Ryder, Gene Autry, Jesse James o el Cisco Kid en las películas del “Viejo Oeste”. También tenía un reluciente cinturón lleno de balas. Los otros dos o tres portaban fusiles Mauser.

Todos los demás, desarmados, estaban a la espera de que alguien cayera para tomar el arma y seguir el combate. Esa era una ley de la Revolución de Abril: ir adelante con armas o sin ellas, hasta alcanzar la victoria. Y en eso pensaba Neco. Y, por supuesto, el gran Rigoberto, protagonista de numerosas “películas” que se filmaron sobre palos de escoba, que simulaban caballos y disparando con revólveres de juguetes, montándose en diligencias, tratando de salvar a “la muchacha”, que estaba amarrada esperando la muerte, al paso del tren.

Pero, ahora, estaban enfrentados a la realidad. Y Rigoberto, con su revólver de cacha blanca estaba presto al ataque. Eran, todavía, los momentos iniciales de la guerra. Todavía no se habían generalizado los “comandos”, sino que actuaban grupos aislados.

Eso sucedía tres días después de que los “americanos” habían desembarcado por Haina.

Esos grupos fueron los que tomaron la fortaleza Ozama. Neco estuvo allí y Rigo, quien había dejado ya su sueño de ser un agente del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) que originalmente, para muchos jóvenes, era una copia del FBI de Estados Unidos.

Rigo, a menudo se ponía un periódico debajo de la camisa para simular que era uno de los agentes del SIM.

En aquellos tiempos no se conocía la existencia de “La 40”, “El 9”, “El Sisal” ni “El Pozo, de Nagua”, los centros de tortura del régimen trujillista. Por el contrario, la mayoría creía que vivíamos en un paraíso, donde Trujilo era el “Jefe” o “Papá Trujillo” y su madre “Mamá Julia”, la madre de todos los dominicanos.

Ahora todo se veía diferente y Rigo, el combatiente del revólver de cacha blanca, estaba integrado totalmente a la lucha; ahora, cuando se había decidido asaltar el Palacio de la PN.

Precisamente, cuando Neco y los suyos llegaron a la San Martin, al igual que otros grupos, vieron a muchos agentes que se dejaban ver despreocupadamente. ¿Qué estaba pasando?, pensaron los revolucionarios.

¿Por qué no salen huyendo?

Eso, a Neco, como a muchos otros, le dio mala espina.  Se sabía que ya habían desembarcado los “americanos”. Pero la sensación general era que ellos “estaban con el pueblo”. Que habían llegado a sacar a Donald Read del país y a reinstalar el gobierno del profesor Bosch.

De modo que, al filo de las once de aquella mañana, todos corrieron a perseguir los policías. Estos, al fin, salieron huyendo. ¡Sin disparar un tiro!

¡Qué vaina! ¿Qué estará pasando?

Los combatientes corrieron detrás, pero Neco paró a sus hombres.

¡No, coño! ¡No vaya por ahí! ¡Esta vaina huele mal!

Y ahí mismo empezó el tiroteo.

Neco, Rigoberto y los suyos se metieron a un patio de la Seibo, detrás de la fábrica de chicles que había por allí. Fue entonces, cuando se sintieron las balas de verdad, pues al principio, sólo se oían disparos esporádicos. Ahora, un tableteo de ametralladoras y otras armas “de destrucción masiva”. Seguramente ya habría varios muertos. Los disparos impactaban las paredes de las casas y hacían grandes hoyos por doquier. Los combatientes, agachados o tirados en el suelo, comenzaron a llenarse de polvo.

–Ay, mi madre. Nos podemos joder!! –se oyó clamar a Rigoberto, el de la cacha blanca.

Neco se mantuvo en silencio, tratando de ocultar el miedo que los dominaba a todos. Pensó en su madre: – ¡No te metas en eso!, le habría dicho la vieja –quédate en tu casa.  Pero el muchacho sentía, con vehemencia, ese llamado del pueblo. Ese llamado de la historia. Ese llamado de la época.

Y por su mente, al oír el tableteo de las ametralladoras, vio desfilar, precipitadamente, numerosas imágenes de su natal Villa Consuelo: “El hospedaje”, “Mono moja”, el play de la Normal, Kid Túgamo, los conscriptos del servicio militar obligatorio, Balito, el que ponía las líneas divisorias sobre el terreno de juego; Kid Colmillo, el entrenador de Boxeo; y los malos, los que abusaban de los niños: Tochío y Ciprián “el que vende china”.

Rigoberto, el de la cacha blanca, estaba todavía más asustado: pálido, tembloroso y lívido, trataba de tomar fuerzas recordando el lema de Tamakún:

Debajo de la lluvia de balas, Neco recordaba cuando se bañaba, encuero, con los otros tigueritos, debajo de las lluvias de mayo y, ahí, venía la imagen de Fina, su noviecita, a la que quiso llevar al “Castillo maldito”, que estaba bien cerca de su casa, en la misma Paraguay con Marcos Adón. Fue en el momento en que “Manta Negra”, el policía bueno que cuidaba a los niños de la zona, lo sorprendió in fraganti.

– ¡Carajo –pensó– No es la policía!, Claro, ellos no tenían tanto poder ofensivo. Tanta fuerza. Tanta violencia.

Uno de los muchachos se precipitó y se lanzó a cruzar para el otro lado. Cayó en mitad de la calle, atravesado por las balas. El joven tenía un fusil, pero sin cerrojo.

– ¡No vayan para allá! –gritó Neco.

Muy tarde pues, buscando el fusil, otro muchacho se abalanzó hacia el muerto, cayendo en el acto junto a él.

¿Qué hacer? ¿Cómo responder al fuego enemigo, si estamos desarmados y…?

– ¡Coño, Rigoberto, saca ese revolvito!

¡Era verdad!.  Rigo no había tocado para nada su reluciente revólver cacha blanca, que portaba, con un cinturón lleno de balas.

Pero ahí, se acrecentó el tiroteo. Ahora tiraban con morteros, bazucas y más. Todos se enterraron más en el suelo y el polvo les caía más aun, con grandes pedazos de piedra. Eso se mantuvo durante más de media hora.  Y cuando hubo un momento de calma alguien descubrió un lugar por el que podrían huir.

Cruzando varios patios y llegaron hasta una casa con una pequeña galería, desde donde aún se oían las balas.  Allí, habiendo bajado un poco la tensión, Neco miró con frialdad a Rigoberto.

–No me digas, cabrón, que es lo que yo estoy pensando…

Y de inmediato varios se lanzaron sobre Rigoberto y le quitaron el revólver. Uno de ellos lo apuntó, fríamente, en la cara. Y Rigoberto Nogueira Genao temblaba. Sudoroso, parecía un trompo de “palito de fósforo y tapita” al que habían arrojado en “cuerda en boca”.

Y, súbitamente, subió el arma hacia el cielo y disparó: ¡Bang! ¡Bang!. ¡Dos balitas de “mito”! ¡Coooño, Rigoberto!: el revolver era de juguete.


Nelson Gómez
Nelson Gómez, mejor conocido como Neco, es ahora un empresario exitoso: el dueño de Apolo Taxi. Pero ha estado siempre de espaldas al olvido. Y recuerda siempre aquellos días felices cuando, mientras desafiaba a la muerte y al cruzar cualquier calle, se oía sonar este tema de una serie de TV:

Es cierto que yo estuve allí, “cuando llegaron los americanos” y se supo en la San Martín. Pero no puedo dar fe pública de la historia de Neco, Rigo y el insólito revólver de juguete.

Neco sí puede hacerlo.  Él estaba allí.

Por: Jimmy sierra,

EL AUTOR es es un catedrático universitario, abogado, periodista y cineasta. Reside en Santo Domingo.


2 DE OCTUBRE, 2016.-
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